Solución política

El secretario levanta el teléfono. Escucha con expresión de gravedad.
Durante unos minutos sigue la información casi en silencio, sólo esboza aislados vocablos para demostrar que está oyendo a su interlocutor. Sí, no, bueno, entendido, sí, sí.
Aguarde un momento, digitación de tres números en la consola, para usted, señor, y pasa el llamado al otro recóndito extremo del sistema.
El señor Ministro del Interior atiende de inmediato, oye y pregunta, toma nota de detalles, apunta nombres de personas y de lugares. Correcto, gracias, corta expeditivamente.
De inmediato llama a sus asesores a reunión, todos se acomodan alrededor de la mesa del despacho, y el señor ministro expone la situación que acaba de estallarle en las manos.
Unanimidad, teléfono y comunicación, urgente con el Doctor por favor.
En pocos minutos el Ministro de Defensa está del otro lado de la línea.
Recibe el informe de su colega. Niega, desmiente, levanta la voz, repregunta, se aflige, duda, promete. En menos de una hora deberá estar en su oficina el Secretario de Seguridad, rindiendo cuentas.
Entretanto y sin perder un segundo (este ministro es un hombre de acciones y decisiones rápidas) ya está contactándose con otros funcionarios del área correspondiente para exigir respuestas, para sacar conclusiones, para delinear los próximos pasos.
Para cuando el demorado Secretario de Seguridad llega a Palacio a presentar su descargo, su renuncia está ya redactada y lista para ser firmada, y su sucesor en el cargo ya trabaja intensivamente en el problema a las órdenes del Gobierno.
En la siguiente hora pasan por el nuevo funcionario el Jefe de la Policía, el Comisario Mayor, la plana mayor del Ejercito, el General y los comandantes. Se planifican políticas y estrategias y se ejecutan otras varias renuncias obligadas.
Pasada esta etapa, suena otro teléfono, y el Jefe del Servicio Secreto de Inteligencia es puesto al tanto, recibe instrucciones y pone manos a la obra sobre el plan ordenado.
Es necesario actuar sin titubeos, entonces de allí salen más llamados, y el Ministro de Justicia es notificado de todo lo que está aconteciendo para que mueva los resortes que competen a su posición.
El Ministro de Justicia convoca secretas reuniones, los Magistrados de La Corte Suprema llegan en autos oscuros detrás de vidrios oscuros y entran por puertas más oscuras todavía.
Se manipularán leyes y edictos y se admitirán decretos inadmisibles.
Para esto faltan más llamadas, Presidente del Senado, legisladores nacionales y locales, dirigentes aliados y opositores.
La red se va tejiendo firmemente, el sistema se acciona para salvar la gravedad del problema.
Con el Gobernador de la Provincia, por favor, es urgente. La red funciona a la perfección.
En simultaneo, el plenario de la Junta del Partido debate la redacción de una declaración de apoyo, que dada la urgencia estará a más tardar terminada en los dos próximos días.
Conferencias de prensa, y el Subsecretario de Comunicación tranquiliza a los medios y manifiesta a la población que de ninguna manera corren peligro el orden ni la seguridad nacional.
Todo está en marcha y, a pesar de los inconvenientes, será superado el sacudón.
Resta un solo llamado, el más importante, para informar que todo está perfectamente controlado, que no hay peligro y se asegura la pronta y definitiva solución.
Pero este teléfono no suena, y el Excelentísimo Señor Presidente de la Nación no responderá desde abajo de los escombros de la Casa de Gobierno, tras el paso veloz de los aviones en el cielo dejando atrás las columnas en llamas sobre las ruinas humeantes del centro de la ciudad.

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